sábado, 6 de septiembre de 2008

SAVIA FLUYENTE








ESPECTRO SINFÓNICO VECINAL

Es este uno de esos momentos cuando la naturaleza evidencia un comportamiento de conjunto, un sentido orquestal, una lógica sinfónica que va más allá de lo meramente sonoro, para inmiscuirse sin escrúpulos en la esfera de lo visual. Porque hoy por ejemplo no trinan los pájaros ni cantan las gallinas, en cambio amanece nublado y lluvioso, blurred colors on the air. Para no hablar de las tristezas que chorrean el alma de los toreros, los carteros, los aprendices de panaderos, los soldadores autógenos y los visitadores médicos de las comarcas rurales, señor.

Por otra parte (que es todavía la misma parte de siempre) unas ideas muy desgastadas, muy erosionadas por una aburrida tristeza, dan vueltas y vueltas alrededor de sí mismas, como si su desconsuelo fueran las aceras del parque parroquial de Ocotal, o de Santa Cruz de la Sierra, si usted prefiere, señor.

En cambio, cantan sus sueños unas canciones que habría que acompañarlas con escofinas, con transformadores de alto voltaje, con perforadoras neumáticas, con palas mecánicas, con motosierras en escuadrón. Para luego sumarlas al estruendoso saldo infernal de nuestros vecinos del fondo, que existen dueños de un radio con cuatro bocinas, que perfectamente se ubicarían en el peor de los círculos de tortura del más allá, sin timidez ni desmedro, señor.


(Mañanita del jueves 150695).









UN CABALLO ES UN CABALLO

“Miserere di me, gridai a lui…”
(Dante, Inferno, I, 65)

Saben las piedras de palo unas historias que ningún transeúnte sospecha. Una vez pasó un mendigo que se llevó en un costal todos los años en que vos nunca volviste (dijo el bolero), arrulladora de mi sobaco. Dentro de un sobre aéreo se llevó todo el cielo que cabe debajo de los puentes de Tegucigalpa, y regresó meses después con la lengua ciega por la sal de unos versos, en el extremo de la misma inmensidad que ya sabemos todos. Mientras duraban los calores y los sudores (nada más por rimar) de mil novecientos exactamente cuándo, precisamente entonces.

Existe una manera de alcanzar la dicha que tampoco tiene ruedas. Y existe que cierran de madrugada las cantinas favoritas de nuestro corazón, dijo el bolero. Cuando el correo no necesitaba ni caminar tan lejos, después que degollamos al caballo de la posta, con motivo de las fiestas de diciembre y acaso por capricho del destino, dijo el bolero.

Aquel mendigo en realidad no era nadie, al mismo tiempo que era tu otro yo, que viene a ser lo mismo. Sus herramientas eran el almuerzo con fideos, la vida con espuelas, y los programas filantrópicos que tampoco nos consuelan, para variar.

Y ninguno tampoco piensa inútil precaver que hasta los mendigos imaginarios sepan bailar el ajedrez, como sólo saben los buenos. Para este fin resultan tan eficientes nuestras ciudades. Pero al que le falten alas (para entendernos, aunque fuera de soslayo) tampoco hay que despreciarlo.

Después regresó el caballo, con el capricho de sus tripas alojadas en un estuche especial. (Los caballos siempre regresan. Por eso nadie los mueve de aquellas páginas donde están). Cuando está todo así, tan apretado y casi maduro, apenas podemos conversar con tanto ruido que sucede a nuestro alrededor, mientras los ríos llevan agua hacia donde la gente tampoco se preocupa por averiguar. (Tal vez porque ya se sabe, desde la escuela primaria, que todos los ríos corren apresurados hacia el océano).

Desvelados lectores de la Biblia, bautizadores anónimos de infinitos mundos, tropezadores de todas las aceras de este siglo, ¿cuántos capítulos inéditos habremos cocinado de puntillas? ¿Cuántos millones de puntos y seguido nos darían el fruto de una sola respiración? Mientras no exista aquel viernes que nos limita por frontera. Mientras no termine de acabársenos el mundo, porque ese día llegará, dijo el bolero.

Estas letras (desesperadamente sin música) piden auxilio. Pero que no lo note nadie. Mucho menos aquellas personas que tampoco nos pudieran misericordiar.

Y allí estarán los menesterosos, velando por la salud del caballo durante las cuarentenas y las cuaresmas de su primera comunión, a todo lo largo del verano y la primavera, junto con el ombligo feroz de los tiburones y el aliento épico de las tarjetas postales. Por que ese es su oficio. ¿No es verdad? Un caballo es un caballo, por mucho que sudara el culo de nuestro Quevedo y Villegas.

En otras palabras, cuando vos advirtás que dos albañiles conversan trepados en un andamio, poneles las dos orejas y dales todo tu corazón, dijo el bolero. Porque los albañiles en el andamio están más cerca de Dios, y desde su divisadero pellizcan el cuero de los animales mayores de la Verdad ("avec ses anges pleurantes" como dijera aquel) con mejor modo y mucho más maña que aquellos que tanto hemos estudiado para evangelizar al nivel de las aceras y las cunetas. No lo dudés.

Atentamente, tu vigilante, tu penitente, tu ánima en pena:.

Pedro León Carvajal.
(el firmador)


(Noche del viernes 090695).

ELLA ES LIBRE


"Me provoca urticaria oírla hablar horrores contra "la burguesía". Como si ella misma no estuviera amarrada por todos lados (por relaciones directas de consanguinidad) con lo más graneado entre los propietarios de los exclusivos repartos residenciales y de los centros comerciales del distrito sur capitalino. En el fondo, a las horas decisivas, en las situaciones cruciales, ella también reproduce las actitudes básicas, los modales, la moral, la ideología, el lenguaje y hasta los tics nerviosos de aquella gente. Son situaciones que te marcan, para toda la vida. Son manchas indelebles, que no se borran simplemente a causa de una empecinada manifestación de voluntad, o por la fuerza irreprimible de tu temperamento."

"Claro, ella ha luchado por liberarse, por emanciparse. Se viste, se despeina y se maquilla como una gitana (como una pelandusca vagabunda, opina su mamá), sale sola, se pierde, no regresa, trasnocha, baila descalza, se emborracha, fuma hierba brava, y luego resulta metida en enredos maritales con poetas peso mosca, con pintores mariguanos, con baladistas sin oficio, con rocanroleros, raperos y otros especimenes de juglares y saltimbanquis. Así, en ese tren de vida, ella resuelve su existencia autónoma durante largas temporadas, persiste alejada de su circo familiar. Así se aventura fuera de la reserva ecológica de su lujoso reparto residencial, así explora otros mundos, otras dimensiones de la realidad, y así logra sobrevivir durante algunos meses por su cuenta y riesgo propios.

Por lo menos mientras no le va tan mal, porque cuando la vida le propina algunos bofetones demasiado brutales, cuando la tratan a patadas y empellones aquí en estos inframundos, ella regresa cabizbaja y contrita hasta el redil doméstico. Sufre la humillación de fingirse arrepentida. Acepta pasivamente cambiar de aspecto, de actitudes, de maquillaje y de vestuario. Entonces languidece, sufre en silencio de insondables depresiones. No sería ninguna sorpresa si en una de tantas le diera por el misticismo, si terminara presa y convicta en una cadena de devociones, penitencias y retiros espirituales. Si no es que, durante una de esas lagunas de desaliento, termina casada con algún besugo de saco, corbata, automóvil del año y tarjetas de crédito Visa y Mastercard”.

(abril de 1990)


REGRESO DE GRANADA

Dos mujeres morenas conversaban a tu lado, mientras afuera discurrían, en escalonadas perspectivas, las propuestas de paisaje que filtraban las ventanillas de aquel bus, en el que regresaste esta mañana de Granada. Que el mango rosa estaba a un peso la docena, aseguró una de ellas, pero que la gente ni así de barato lo quería. "Es mala carga el mango", concluyó la otra, como quien hubiera dado con las raíces de un proverbio. Vos les mirabas las manos curtidas y callosas a las dos mujeres. Una de ellas debería andar alrededor de los cincuenta, la otra tendría acaso veinte.

La mujer joven contaba ahora el caso de un chofer de bus que no había querido aceptarle pago por el transporte de su canasto de frutas, ni tampoco por el pasaje de su niña. Desde que me dijo "Ahí después nos arreglamos", yo ya sabía que no me iba a cobrar. Lo que no me figuraba era lo que después, en cambio, el muy lépero quiso exigirme.

Mientras afuera desfilaban los exacerbados verdes del paisaje. Era temprano, estaba todo húmedo de rocío, la tierra, las piedras, los follajes. Desfilaban raudos: postes, pétalos, peñascos, explanadas, pastizales, paredones, pequeños puentes, terraplenes. Todo forrado de unos verdes como tejidos minuciosamente a mano. Una tropilla de vacas era arriada por el trote ocioso de unos caballos sueltos, que con el hocico casi empujaban a las reses por las grupas. Caballos, vacas, paisajes quedándose a lo lejos, que parecieron haber cabido en la palma de tu mano. Rimas peregrinas, imágenes errantes, figuras de lenguaje que andaban sueltas rodando por el mundo.


(martes 230791)



EL AMOR CONCRETO
(tocata y fuga)

La existencia material de nuestro amor se concreta, se definen los tornillos del término, se perfila y refina su concepto, se ponen en marcha sus engranajes y correas de transmisión, funcionan sus compresores y centrífugas, giran sus rodillos y filtran animadamente sus rejillas, resuella en bloque la estructura de su planta física, palpitan sus mecanismos de recuperación de desechos, se concentran sus tanques de oxidación en un reposo ferviente y febril.

De tal manera, que vira amor nuestra pitanza apresurada y exigua, son amor las rutinarias faenas cotidianas, son amor las sillas giratorias, las archivadoras y las gavetas de los escritorios, son amor unas esquinas de corredor donde doblamos apresurados, son amor el desvelo, la fatiga, y el tedio habituales, es amor la playa de estacionamiento, el portón del garaje, los baches del pavimento, la apasionada combustión interna de los motores, es amor el solazo veraniego, son amor el calor, el sudor y el polvo. Y son amor puro los engranajes que mueven la maquinaria industrial que despereza los légamos hondos de nuestros sueños olvidados.

Porque nuestro amor, además de haber precisado de cuarenta quintales de hierro en varillas de construcción de ¾ de pulgada, de veinticinco libras de alambre de amarrar, de 146 quintales de cemento, de 48 láminas de cinc (de 24 pulgadas de largo), de sesenta cuartones de madera de cedro (de tres pulgadas de ancho por cinco varas de largo), de quinientos cincuenta estribos para columnas de cuatro varillas, más veinte docenas de alacranes de hierro, treinta y nueve libras de clavos de tres pulgadas y diez libras de clavos de cinc, ocho litros de tapa-goteras, 16 camionadas de arena, catorce metros de grava, 64 metros cuadrados de ladrillos mosaicos y dos mil cuatrocientos bloques de arena... Nuestro amor ha necesitado igualmente de licitaciones, de proyectos, de presupuestos y de contratos, de asambleas y talleres, de agendas, de colaboraciones interinstitucionales, de una amplia base social, de sindicatos y líderes sindicales, de metas y de programas, de estadísticas y cláusulas, para no hablar de sentidas (y resentidas) reivindicaciones de género.

Es así que nuestro amor actual se ha nutrido y ha crecido, hasta alcanzar un tamaño que a veces pareciera adulto, voluntarioso y tenaz. Irreversible e incontrovertible. Aunque poco después mengua bajo la luna nueva, languidece y retrocede en resaca, se desvela, tiene ojeras, padece de malos humores y de agruras. Sin encontrar para nada explicaciones ni justificaciones exactas. Se arrincona unos lapsos, se escabulle, se huraña, tararea sus solfas menores, se distrae, titubea de brújula, y al final se aburre, se fastidia, y ansía emigrar, se desespera por cambiar de elenco y anhela inmensamente mudar de escenario. Hasta que termina odiando minuciosamente los términos originales de su primera definición. Entonces, da la media vuelta, y “se va con el sol cuando muere la tarde”.

Persiste durante un tiempo indefinido un timbrar infructuoso de teléfonos, en unas plantas físicas desoladas, como si algún huracán les hubiera borrado violentamente los letreros que identificaban sus paredes, y como si el amor difunto hubiera quedado esperando que algún violinista, tísico o leproso, viniera algún día a rebautizarlo con la celebridad póstuma de uno cualquiera de sus valses.

(Sábado 180395).


miércoles, 27 de agosto de 2008

VERSOS VILES










LA ESCRITURA, DEIDAD SUMERIA

La escritura, deidad sumeria,
capaz de disolver los más intrincados nudos,
aunque encuentre infestado de obstáculos
su transcurso. Reticencias, desánimos,
acideces del temperamento, tramas
pasionales, enamoramientos que envejecen,
progresiones geométricas todas
de pura vacuidad.

La escritura, deidad sumeria, todo lo tiñe,
lo raya, lo resume, lo raspa o lo salpica.
Desaparece un rostro, desaparece
el parpadear de una mirada, desaparece
la plenitud de un seno, desaparece
la curva de una cadera. Hasta que
triunfa al fin la neutralidad,
arquera y auriga, invicta
en silenciosas batallas.

Cuando anochece, el escriba anhela,
exhausto, agonizante, que la escritura,
deidad sumeria, le sobreviva.






PERFIL SOBRE DOS RUEDAS


Agraviado por el perfil de
la Realidad,
en abstracto, me duelo solo,
sin el auxilio de ningún idioma.
Circulo sobre la pista
de unos vastos disimulos
que se encadenan porque sí.

Navego, avanzo,
floto a la deriva en las aguas
del anonimato común. Receso
activo, constituyo margen,
eslabono
secuencias interinas,
mientras regresamos
al temperamento de otra normalidad.

Objetivamente, apenas soy nadie,
aún para mí. Me reconozco
en primer lugar
montado en esta bicicleta,
me identifico, me afirmo
por el esfuerzo de mis cuadriceps
femorales, antes que por el asentamiento
de unas ideas elevadas, o por el vuelo
de unas complicadas nociones
de conjunto.

Existo entre mis pies y mis pedales.
Sufro de fugaces impaciencias
que nuestras ruedas
fragmentan al milímetro.




PERFIL DE NUESTRO LADO ZURDO
(Conclusiones a ras de medianoche)




Que vos, abominable híbrido,
conocías apenas una Magna Lógica
y una sola Metafísica de las Costumbres:
la lógica del apetito sin paciencia,
y la metafísica del hartazgo sin saciedad.

Que a vos te fascinaba el gran grotesco,
que ese era tu género específico,
vinculado al expresionismo alemán,
en prosa, en verso y en dibujos.

Vos trataste de explicar,
de justificar tus irregularidades:

“Lo que sucede es que tengo ojos,
mi amor, no se me escapa nada,
el gran grotesco me busca,
me asedia en todas partes,
me prefiere, me persigue”.

“Además somos, con los alemanes,
los noruegos y los holandeses,
anatomistas rigurosos todos.

No mentimos”.

Pero tampoco esta vez dijiste nada.

Quedó así.






CUANDO UNA HOJA DE PAPEL
DA COLETAZOS Y CHORREA

Un poema, me parece, debería
ser un fragmento de diálogo
con unas deidades primitivas,
anteriores a la invención
de los idiomas y las religiones,
anteriores a la misma individuación
de los seres vivos.

Una vez pensada esta verdad
dentro de un cuarto oscuro,
con puertas y ventanas cerradas,
nuestra inspiración comienza a farfullar,
fluye tumultuosa, entrecortada,
hasta que emergen aquí y allá
unas crestas de frase sin cuerpo.
O viceversa.

Tales concreciones de nuestra vocación
tienden a procesarse luego sobre unas delgadas
láminas de papel. Lo cual se nos antoja
un oficio tan egipcio,
aunque ya haya pasado de moda esta manera
absorta de contemplar aquello que tampoco
se encuentra a nuestro alrededor.

De repente nuestras frases se enlazan
por puro instinto de afinidad prosódica,
mientras el escriba compone su figura,
para asestarle al aire algunos palos de ciego...

Y al final, prendido en el extremo de un cordel
que enlaza y anuda nuestro anzuelo
da coletazos y chorrea como un pescado
nuestra especie monstruosa de poema.

(Pero en caso que sucediera lo contrario,
sería siempre mejor que lo explicaran otros).

OMBLIGO CIEGO DEL UNIVERSO


EL OMBLIGO CIEGO DEL UNIVERSO

Anotaciones de lectura sobre las Obras (In)-Completas en un solo volumen, de Borges Acevedo Jorge Luís (1899-1986), (Alianza Editorial, Madrid, 1974).


“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

(J. L. Borges, “El Hacedor”, 1960)


1

Con los ojos ardidos de desvelo, agotamiento y garambainas pre-sentimentales peleé por leer las esforzadas gimnasias de trasnoche de Borges. El viene juntando poco a poco sus pedazos de una región mítica. Lo que este mismo Buenos Aires por donde callejeaba pudo haber sido en su infancia. En la infancia mítica de la ciudad, quiero decir. Vemos cómo, desde una inquietud planteada en verso en los primeros dos libros (Fervor de Buenos Aires, 1923; Luna de enfrente, 1925), desde una actitud descriptiva, paisajista local, a la manera de Maurice Utrillo, se va pasando, en el tercer libro (Inquisiciones, 1925) a profundizar en prosa, a aprovecharse de su propia plataforma primeriza, en unos desarrollos anecdóticos o teóricos nutridos por mucha riqueza de subsuelo. Y estas construcciones de dos pisos, Jorge Luís las puebla de gente, de personajes renombrados o anónimos (que a veces es lo mismo). Así, viene cimentando un espeso suelo semántico, y sobre la superficie borda nuevas acrobacias estilísticas, con una soltura magistral en el malabarismo de las connotaciones múltiples que le ofrece nuestro idioma.
2
En el terreno literario, Borges es una comprobación y un hallazgo. Ya explicaremos luego. En cuanto a sus empecinamientos por empantanarse en ciénagas filosofantes, éstos serían merecedores del sumario cadalso que Borges, a su hora, destinara para menospreciar la sal gruesa del caracol dariano. Sentencia de ciego, a quien siempre supondremos, de algún modo fatal, más cerca de la justicia.
Impresiona por demás aquel otro empeño juvenil por urdir la patraña de “la argentinidad”. Mentira sobre mentira, cada vez más perfecta, hasta que resulte infinitamente incontrovertible, aunque nunca llegue a ser verdad completa, sino ficción colectivamente necesaria, conveniente para nuestro engendro, para el Frankenstein de la nacionalidad. Endriago colosal, hijo del subconsciente colectivo y de la retórica patriotera, aunque un tanto trasnochado siempre, respecto al ritmo de los relojes europeos.
3
Borges todavía, 300 páginas leídas. Superamos un escollo farragosísimo, la región más empinadamente erudita, la de más evidentes ambiciones intelectuales (y por eso mismo, a veces, la más fácilmente vulnerable). Nos adentramos por un terreno de referencias filosóficas conocidas. Lo que sería apenas relectura, pero ahora con nuevas perspectivas. Por aquí habría un codo, un viraje radical, un corte conviccional, contenido entre el fárrago de estas últimas deposiciones filosofastras, y los alegatos precedentes. Es decir, notemos una apostasía de la argentinidad lugonesca, evaristocarriegana. Aquí se vuelven evidentes (señores ciegos, que me estáis espiando) varias puntas de secuencia: Una, por la internacionalidad deliberada de los temas, por la escogencia del título de este libro de 1935 (Historia Universal de la Infamia). Dos, por cierto cinematografismo erudito y literario. Quiero decir, que toda esa escenografía louisianense de Lazarus Morell se nos antoja libresca y artificial, paisajes de plástico teñido y de cartón pintado, puro truco escenográfico. Lástima que sea así. Cuando aquel muchacho exhumador de Evaristos, Estanislaos y Macedonios, argentinista, argentinizado y argentinizante convicto, comenzaba a simpatizarnos, él decide renunciar sumariamente a sus anteriores posiciones de principio.
4
¿Qué se proponía Borges con tan empecinado quemar de pestañas contra tanto texto filosófico? ¿Conseguir una simple aunque ardua familiaridad? ¿Dotarse con eruditos tonos doctorales? Honrar la herencia de sus lecturas inglesas infantiles, nos alega usted. Resulta conmovedor que este argentino, sin ninguna pasión por las ejercitaciones musculares, ni por la religión de los estadios y los hipódromos, vaya quedando ciego de tanto leer a Orígenes, a Séneca, y luego el Parménides, la República, la Etica Nicomaquea, los comentarios de Averroes, y encima Leibniz, Condillac, Hume, Berkeley, Nietzsche, Schopenhauer, más todas las traducciones inglesas de Homero y de Las mil y una noches, las fantasías cosmogónicas de Olaf Stapledon, las sagas nórdicas, las antiguas literaturas germánicas; y todavía, por si fuera poco, las obras completas de Thomas de Quincey, Carlyle, Wilde, Chesterton, Johannes Becher, los cuatro tomos de correspondencia de Gustave Flaubert, más Dante, Ariosto, Cervantes, Quevedo, Shakespeare and company, “y otros etcéteras y etcéteras”.
Jorge Luís exhibe estas proezas, estos alardes de vitrina de erudición. Además de enlazarnos con aquel mundo bibliófilo rubendariano, o de Leopoldo Lugones (con su culta señora al lado, como en la epístola de nuestro Rubén). Borges salta al palenque listo y peinado para competir en las exposiciones internacionales, como nuestro campeón en extravagancias de lector maratonista americano. Pero esto es pura vitrina. Otra historia es preguntarse (favas fora) ¿a qué se aplican en concreto esa erudición pantagruélica y esa aparatosa maquinaria conceptual, pergeñadas en tan enconadas lecturas filosóficas? Se destinan al examen, en primer lugar, de sus mismas tripas. Una vez que la argentinidad, como concepto axial, ha culminado en apostasía. O, lo que de repente puede ser lo mismo, a la reflexión sobre (o contra) toda clase de espectros inocuamente universales, en abstracto: el Tiempo, el Mal, la Eternidad, la Muerte, Dios, las Pasiones del Alma. Todo con iniciales mayúsculas, como sucede entre alemanes.
(Todo esto lo pensaste más dormido que despierto, con las convicciones tan revueltas y confusas como los mismos cabellos de tus parietales, con la cabeza giratoria hundida en el légamo soñoliento de la almohada, con la mente empapada por la espuma amniótica de tus sueños recientes. Fueron estas ideas las que te dieron el clarinazo de urgencia, para que te levantaras a escribir, a determinar el saldo y los cocientes de estas primeras 300 páginas de Jorge Luís Borges, consumidas en un mes de lectura).

5
Nuestro personaje ficticio es un belletrista criollo que relee obsesivo y admira con ojo crítico a Jorge Luis Borges, hasta el punto de salir a conversar a la terraza con su fantasma, en las noches de plenilunio, de perseguir policialmente las menudas intrigas de su propio entorno, o de discutir con la sombra espectral del autor de Las Ruinas Circulares, durante largos callejeos al crepúsculo, mientras examina y consigna mudanzas, reticencias, fijaciones características, en el semblante de las barriadas de su propio vecindario.
“Por qué usted, Borges, habría podido ser ciudadano masayés?”
“Por laborioso y por falaz, por golillero, por alegador, y por fachentamente ingenuo al final. Porque acaso mordemos el fruto más logrado de toda su fragua ambigua e híbrida, filosofante y mitómana, cuando (en la página 451 de sus precoces Obras (in)-Completas) repasamos el relato Las Ruinas Circulares. Nos encontramos ahí con una ficción limpia, pulidamente aséptica, despojada del lastre de aquella retórica bibliotecaria, bibliófila y bibliomaníaca, que emborrona el fárrago de sus páginas previas. (No sin la excepción de ligerísimos deslices, estamos de acuerdo). En total, en las páginas precedentes, reunimos un cúmulo de fatigosos ejercicios espirituales, que tampoco parecieron dar más resultado que recamar los pormenores de un oficio que bien podría ser más simple, sin necesidad de apelar a justificaciones extremistas”.
“Su reino, Borges, es apenas un precario interregno, una franja, una filera de playa, asentada en algún punto neutral, ubicado a medio camino entre los grandes piélagos de la literatura y la filosofía. No man’s land. Lo suyo, Borges, no es carne ni es pescado, pero es capaz (en cualquiera de ambos casos) de vendernos gato por liebre. Aunque… ¿no se pierde usted un poco demasiado en ejercitaciones puramente estilísticas? ¿No debería usted haber tenido más cuidado con las desastrosas autopsias que podrían practicar, encima de sus restos literarios, los estudiantes de las facultades filosóficas, maestro?”.
6
Tus reparos, lector sabido, son en cambio estilísticos. Fijate bien. Borges, leído en bloque, en orden, en dosis congestivas, podría resultar menos aburrido que incómodo. Un escritor que en la mayoría de las ocasiones nunca termina de encontrar el hilo literario. Con el agravante de que parece complacerse con dejarse arrastrar inerte hacia falsas disertaciones profesorales, hablando desde el ombligo del centro cosmopolita de un universo enano, que yace al alcance de nuestros bolsillos. Discurso dirigido, por lo tanto, a un público “universal”. Para todo lo cual no se necesita pasaporte, ni reivindicar pertenencia a ningún tiempo, ni clase social, ni familia, ni partido político, ni secta religiosa, ni suelo patrio alguno.

De todas maneras, nacionalidad, familia, religión, partido, todas son puntadas que se dan de sí, inexorables, y que se nos hilvanan espontáneas, por sí mismas.
7
Vigésimo noveno día de esta cuaresma. Lectura madrugadora: Borges todavía. Al llegar a la altura de la página 460 y tantos, la redacción borgiana pareciera haber partido de una de tus más entrañables preocupaciones de escritor. ¿Vos mismo no urdiste alguna vez (que fueron varias veces) unas anécdotas abstrusas que, en medio de su inocencia estilística, habrían sido morfológicamente idénticas? Leés ahora estas páginas borgianas, así entendés y asumís la sensata economía de esfuerzo que significó no concretar aquel acto fallido de tu imaginación.
Borges llega a demostrar una rara virtud, no que cada historia sea idéntica a las que la preceden o suceden, no es ni siquiera que haya un estereotipo, unos garabatos infantiles, arcaicos, dominando el fondo de cualquier redacción adulta. Pero algo de eso se insinúa siempre. Conozco las voces de esa lógica desolada, escondiéndose debajo del fantasma redactor de los más respetables ciudadanos de aquellos sures, de aquellos pagos australes.
Por debajo, entre líneas, insiste una anécdota solapada, simple y testaruda, que subyace sofocada por todos los disfraces superficiales aparentes: la realidad plañidera de un ciego que interroga tercamente al mundo por las razones últimas de su destino. Un ciego que ha debido renunciar al alto cargo hereditario que le habrían legado los Daríos, los Lugones, los Huidobros, los Carriegos, los Groussac, los Macedonios, para hundirse en las tinieblas y penumbras progresivas de su propio laberinto, de su infierno personal, pagadero a plazos. Por tanto: A la mierda la argentinidad. Jódase la argentinidad y jódanse los argentinos. Hablemos, en cambio, del hecho trascendente de la ceguera universal, insistamos en el ombligo ciego donde se concentran todos los significados del Universo. O sea, analicemos las costillas, el bofe, las tripas y otras vísceras de nuestro personal destino.
Se trata pues, en suma, de la misma tesis que defendía el doctor Teofrasto Talavera. A saber: que toda la literatura de este mundo gira empecinada alrededor de dos o tres temas ineludibles. Lo demás es asunto de metonimias.



(Desierto Municipal de Managua, marzo de 1993;
Desolaciones de Tegucigalpa, agosto de 2008).



PAGINAS ARRANCADAS A UN CUADERNO DE PINTOR


1991


BOSQUEJO DEL PINTOR ELDIFONSO MAXILAR DE CABALLO
y otras anotaciones menores

1. EL HOMBRE DEL BRAZO LARGO

Miércoles 230191

Llueve polvo, ha llovido polvo durante toda la mañana.

El viento provoca una muchedumbre de ruidos sin persona, desmelena follajes, empuja una tabla floja que cae y golpea contra el piso, retuerce las chirriantes láminas del techo, arrastra hojas secas que recorren los enladrillados raspando como fragmentos de afiladas uñas.

La voz de los follajes soliloquia entre pausas, mientras los chirridos de las láminas simulan un diálogo de quejumbres, un sofocado alegato de ofensas, pujidos, reclamos, gruñidos.

Cuchicheos indeletreados del universo contra sí mismo.

Yo -como si tampoco existiera- pienso en vos:

"Algo será, algo habrá sido lo que chirriantemente alegaban entre sí estos metales sarrosos restregados contra los herrumbrados clavos. Lo mismo acaso que te dirán todas las cosas de este mundo, cuando yo ya no esté".

marzo


Bulbo raquídeo del viernes 080391

Regreso de unos sueños precarios, al desvelo.

No pude resolver los problemas inmediatos. Todo fue saliendo bien hasta llegar a cierto punto, hasta algún objetivo cuya persecución se volvió fuga, empeño obstinado de alguna fuerza anónima por fastidiar el conjunto de mis expectativas. Trama urdida en contra de los más sentidos empeños de mi voluntad. Rotundo fracaso.

Para quien debiera proponerse estar siempre preparado para dejar esta vida: poca cosa.

¿Qué hago mientras tanto?

El desvelo vuelve a abandonarme en unos bordes de llanto. Vagos dolores de cabeza, mal humor, sentimiento general (o por lo menos teniente coronel) de fastidio.

¿Para quién cuento estos cuentos?

Para aquel único interlocutor que me quedaría.

Regreso a la falta de paz de mi desvelo, a sentirme infeliz, paciente de indefinidas penitencias.

Me ofende el desamparo de no encontrar definidamente una voz que me ilumine y sosiegue.

abril

Noche del lunes 290491

He dibujado durante todo el día. Y me he sentido bien mientras mis dedos acariciaban hilos sueltos, retazos desanudados de los sueños que he tenido anoche.

He dibujado durante toda la mañana, hasta el momento en que el hambre hiciera vértice con el desvelo. Tuve entonces pretexto para almorzar. Después dormí, durante hora y veinte.

A las dos de la tarde estaba de nuevo dibujando. Regresaban los hilos sueltos de mi sueño a cosquillearme entre las neuronas ociosas. ¿Qué habría sido lo que casi vi mientras pintaba? Umbrales de unas revelaciones harto sencillas: mi destino y yo, a solas.

Dibujé entonces durante casi toda la tarde, hasta que casi no hubo luz, y era hora de regar las matas sacando el agua de un balde y aventándola con una palangana.

Mojada, la tierra se fue tiñendo de otro color oscuro. Ese color, esa humedad de la tierra sabían algo que conservo muy guardado en mi silencio.

****

Respirando recorro el filo de cierto indescifrable vértice. Voz que debo guardar hundidamente en mí. Borrado, desaparecido para quien o quienes serían verdad mis únicas palabras, sostengo estos remedos de realidad en la yema de todos mis sentidos. Mientras me fugo por las venas abiertas de mi voluntad. Alas que escondemos los cercenados de nuestro olfato, excesivamente sutil. Así flotamos sobre la cresta de los confines, avanzando de pecho contra las puntas calurosas del verano.

mayo


Mediodía del primero de mayo

Hasta las orejas metido en mis tintas. L' homme a quatre mains, avec son cheval a l' envers. La intuición me empieza a funcionar como una máquina de guerra. Esta madrugada he hecho el camino inverso: he meneado la esfera de los sueños, hasta el punto de acomodar trenzados los hilos sueltos que ahora anudan mis dibujos.


Anochecer del domingo 260591

Cae a pique aquella tinta sombría de los ángeles sobre la desolación de los techos de Managua. Finalmente no habría pasado nada, pintor, cara de cartulina mojada por las lluvias que se fueron. Vos volvés al círculo cerrado de tus meses anónimos, plazos vanos, reflexiones inútiles, sentimientos que flotaron sin alcanzar orilla.

Por amigarte tanto con los pigmentos de unos colores, te has reñido y enemistado con las palabras.

(Todo el día, toda la semana quisiste inútilmente escribir. Pero sabías de antemano que luego ibas a detestar no solamente todas las ideas que se te ocurrieran, sino el ángulo mismo en que se encajonarían tus perspectivas).

Basta, lo demás es caminar por calles desiertas, callarse mucho, esperar lo que acaso nunca habrá.


Noche del jueves 30 de mayo

Pintaste durante la mayor parte del día. Al anochecer ha llovido recio largo rato. Ha vuelto a inundarse varios centímetros el suelo de tu casa. Ningún daño mayor por el momento. Esta vez la correntada de agua terrosa no ha arrastrado libros, dibujos, pinturas, cuadros ni zapatos, ni ha echado a perder nada que vos hubieras dejado sobre el piso. Ahora ya ha pasado, escurren los canales unos hilos de agua todavía gruesos. La energía eléctrica ha fallado a las primeras pedradas del aguacero, escribís a luz de velas. Con todo, te ha quedado chance para asumirte dueño de este lapso, durante el cual hasta podrías darle alguna empujadita a los grandes esfuerzos de teorización que serían consecuentemente necesarios alrededor de un punto, que es más lugar aristotélico que la misma casa donde vivís (si de verdad esta vida fuera vida).
***

Pero digo que he pintado durante la mayor parte del día. Y me ha quedado apenas este lapso para telegrafiar velozmente estas señales sin destino cierto. A lo mejor desprovistas de mayor motivo verdadero.

Pinté durante casi todo el día. Y mi único tema, mi único asunto remacharía alrededor de un punto donde confluyeran el Azar y el Destino. Punto que arañé tercamente con la punta de los pinceles, que teñí empecinadamente con el color que fui sacando de los tubos.

***

(Vos sos así, vivís en las profundidades de lo irrelevante, pertenecido a fondo a lo que, indigno del menor esfuerzo de la memoria pública, es tan capaz de historia como lo fue el agua lodosa de teñir los ladrillos de tu actual e insustituible ubicación domiciliar. Pero vos te empeñás en apostarlo todo a las raquíticas posibilidades que, ya por último, le has quedado viendo a tu fantasma de proyecto personal...)

Indecifrable es todo esto que me vas diciendo. Y por puro gusto. ¿Qué te costaba declararlo todo por lo llano?

Jódase la posteridad y sus sucesivas poblaciones flotantes.

***

Asumí mi trabajo por lo más peladamente áspero, sin plan, sin concepto previo, sin estrategia definida, casi con la pura sed de alcanzar en fuga las ondulaciones coaguladas de mis últimas maniobras a tinta.

(Para mientras se nos volviera a inundar de agua terrosa el lugar geográfico de nuestro inevitable domicilio).

Ataqué pues el trabajo de buscarle fin sensato a una vieja mancha indefinida, partiendo de una orilla de pura indefensión, de total inseguridad. No tengo ninguna idea, aparentemente, de hasta dónde, hasta qué figuras concretas, me propongo llegar. Pero sé que al final vamos a enjuiciar implacablemente el resultado.

(Decí también que te sostiene la esperanza de que, después de trabajar como bestia durante varias semanas, llegarías espontáneamente a otras perspectivas, desde donde podrías divisar con mayor claridad tus lugares aristotélicos de arribo, tus puntos de llegada, tu destino.

Mientras tanto, lo que te queda es comportarte como cualquier apostador supersticioso que lanza a ciegas algunos golpes de dados, y comprobar que tus aciertos, tus hallazgos, tus incidencias sobre el rastro en fuga de lo que parecés buscar, se dan siempre por las volteretas más inesperadas de la Casualidad. De quien siempre hubieras preferido desconfiar).

Aparte de que el óleo revela ser un material obstinado. Una materia que ni estira ni fluye con la ductilidad que querrían tus dedos. Se pega en cambio, se estanca en ángulos muy tiesos. No sucede entonces que vos no tengás definidos en la mollera los pincelazos que buscás. Son las costumbres, es el temperamento de los materiales lo que te fastidia con su resistencia, lo que confronta y contradice tus propósitos.

Entonces, estás otra vez frente a la tela. Sin inspiraciones fluidas, sin aquella proliferación de ideas, de ritmos, de ademanes certeros que te han acompañado en tus horas de gracia, en otras ocasiones. Sabés sólo que tendrás que trabajar como simple peón, a pico y pala, para llegar hasta donde esperás.


junio


Anochecido el martes 040691

Además, mientras pintabas, te has ido quedando sin dinero. Hoy has comido pura harina de maíz y albúmina. ¿Cómo fue posible que hasta hicieras sopa de esas miserias?

¿Para que vengan ahora cuatro gatos entalcados, revestidos de tribunal, a decirte misa?

¿Saben los señores jurados de certámenes la trabajosa pesadilla que digirió los colores que agónicamente fui poco a poco extrayendo de los tubos? ¿Sospechan ellos lo duras que estuvieron las tortillas que mastiqué durantes estos meses, mientras mi lucidez y mi susto inaugural no existían todavía para sus eruditas cegueras? Por favor! Arte de verdad es lo que me ha temblado en el forro de las tripas, mientras me acompañaban en coro las carencias, y la certeza de que sólo muy tarde vendrían los olímpicos jurados a concederme la limosna de su "reconocimiento". Por favor!

No quiero "reconocimientos". Por favor, por favor, ignórenme abiertamente. Con la franqueza, con el descaro, con la desfachatez que les expreso mi rencoroso, mi resentido, mi indesagraviable desprecio por su ciencia, señores del jurado calificador.


Anochecido el jueves 060691

Anoche viene Aurelio Monterrey, me invita a emborracharnos. Antes de irse, insiste en llevarse un dibujo a tinta, titulado El Pijudo (realizado sobre cartulina, a partir de un pequeño esbozo de 1976). En cambio, me deja el equivalente de cuarenta dólares, y la promesa de apoyarme con los gastos de montaje de mis cuadros para el certamen de julio.

Esta mañana he ido al mercado y he comprado comida para una semana. Carne incluida, ese lujo.


Medianoche del viernes 070691

Tensar una cuarta tela sobre su bastidor. De alguna manera me pareció cruel herir la carne dulce del cedro con las puntas filudas de las grapas. Y los martillazos con que las remataba, llegó a ocurrírseme que los estaba dando sobre la misma cruz de los cristianos.

Alguien tocó el portón de la calle cuando me había quedado dormido de mi siesta. "Esa manera de tocar es de mujer", me dije, desde antes de levantarme de la colchoneta para ir a ver quién era. No era ninguna de las mujeres que yo hubiera preferido. Pero, de todas maneras, conversamos con mi visitante femenina hasta que anocheció. De cuando en cuando ella levantaba las rodillas, y acomodaba las piernas recogidas en el asiento del taburete, en posiciones que resultaban más bien provocativas.


Noche del sábado 080691

Vino una de las mujeres que vos habrías preferido. Única dentro de ella misma. Vos calculabas (además de cavilar lo tuyo) lo que podría pensar la muchacha, y lo que podría entender de todo aquello el hermanito que la acompañaba, mientras vos les ibas explicando las identificaciones posibles de tu tela pintada.

Al final vino también la madre, y se fueron todos juntos.

Think about somebody else.


Mañana del domingo 090691

Desvelado, resaquiento, semi congestionado, incapaz de organizar las plumas de ningunas alas, me queda enamorar con la nariz la superficie rasante de los adoquines.

Me obsesiono con echar a rodar la motocicleta descompuesta. Así podría inventar la desesperación de ir a otros lugares, que serían tan ningún lugar como este mismo punto geográfico donde me he quedado arrinconado.


Noche del martes 110691

En marcha la máquina de la motocicleta, quemamos un largo hilo de gasolina, hasta llegar adonde tampoco habríamos encontrado nada digno de mención.


Mañana del miércoles 120691

La sonámbula vida de las fanfarrias xolotlanas, en pleno delirio de sus parásitos intestinales y de otros gatos que ni mugen ni trinan, todavía.

Lo que vos personalmente querrías dejar claro es que te limpiás el culo con el juicio de los Torquemadas, de éste y de cualquier otro santo tribunal de la inquisición artística.


Anochecer del viernes 150691

Terminamos esta semana, el planeta girando, el clima lloviendo, y yo pintando. Por eso oscurece temprano, y temprano nos levantamos de la mesa de dibujo. Esta habría sido una buena semana después de todo. Logramos pasar de la primera a nuestra segunda tela al óleo. Lo cual significa que la primera casi podría darse por terminada. Faltaría apenas completar ciertos detalles de afinamiento en las definiciones, que acaso no soy capaz de ejecutar, todavía.

Pintura resuelta también con herramientas de salvaje. Notoriamente, me he recostado en un acento más bien expresionista, más bien despacioso en los acoplamientos de su sintaxis. No es todavía exactamente aquello que yo estaría más orgulloso de haber pintado, pero, indudablemente, es algo que tenía que pintar, inevitable, para llegar a lo otro, a lo que sólo podré pintar mucho después.


Anochecer del lunes 180691

Hasta que no hubo más luz diurna estuviste hundido, suspenso, absorto en aquella alquimia de los últimos colores que sacabas de los tubos. El moroso raspar de los pelos del pincel ¿qué te dijo? Hasta cierto punto, te dictó la ejecución de una fórmula de balance tonal, de equilibrio y cópula entre los claroscuros.

Un pintor es una especie de albañil que redarguye contra una torre de ladrillos en escuadrón (previo corchete), que va sospechando sólo tardíamente la trama de significaciones últimas a las cuales podrían dar lugar sus amasijos de polvo, pintura y sudor.

El taller de un pintor es como la cocina de un trasatlántico en el que viaja toda la ciudad dormida debajo de las constelaciones.

Hasta que anocheció, te digo. Lo que ha quedado ahora no tiene palabras, aunque tiene textura, espesor, pesantez, y tarda.

GENEALOGÍA DE LAS DENOMINACIONES

El nombre de una pintura requiere muchos meses de desvelo, requiere mucha sopa, mucho arroz con frijoles, mucha tortilla, mucha suela de zapato, muchos litros de agua potable, de agua corriente y espuma de jabón para lavar nuestra camisa y nuestros calcetines. Para ponerle nombre a estas pinturas fue necesario pagar cuentas pendientes, cancelar facturas de (por ejemplo) energía eléctrica. Requirió calorías, proteínas, vitaminas, hierro, calcio y fósforo, encontrarle nombre a cada una de estas telas.

Fue necesario que se diera una circulación intravenosa de todo lo que, dentro de una casa, fluye y discurre hacia alguna parte, para orientarlo y concentrarlo hacia el deslizar de las materias colorantes sobre la trama de la lona. Como manan los sueños, como fluyen los sueños, como van goteando los sueños poco a poco sobre la piedra de nuestra memoria.

Calorías, facturas, proteínas, remolachas, sueños, carbohidratos, música (que también todos los días nos hace mucha falta) fueron necesarias. Junto con muchísimo desvelo, escudriñando aquellos libros que vos has leído y releído tantas veces, acostado en una colchoneta tendida sobre los ladrillos del piso de tu cuarto... para ponerle nombre a cada uno de estos cuadros de pintura.


Anochecer del miércoles 160691.

Trabajás en una franja de decisiones empíricas. Arañando, raspando, acariciando la tela con el pincel. Vos lo que tenés que hacer es seguirle la pista a unas intuiciones totalmente dispersas e informes. En consecuencia lo que aparece sobre la tela no se define más que vagamente, todavía. Vos has abierto un tubo de blanco titanio y has escogido un pincel delgado. A veces más que con la vista pareciera que buscás a tientas, ciegamente, contra la resistencia del tejido.

Después estás de pie, viendo desde el otro lado del corredor lo que arañaste, lo que raspaste a ciegas con unas largas rayas blancas que se enredan trepadoras entre los tendones de la más amorfa de las primeras figuras insinuadas.

Hasta que anochece de verdad, y las sutilezas de Martin Heidegger te sorprenden en plena primavera cavernaria, incapaz de resolver las flechas con que habrías derribado y desollado al bisonte de tu supervivencia cotidiana.

LA FUGA DE UN ANÓNIMO TOTAL

El momento en que el anochecer corre sus últimos cerrojos coincide con el conclusivo gotear de tus palabras. En el patio de la casa, la hierba que alfombra el suelo debajo de los árboles se ha quedado callada, la tierra empapada de lluvia se ha quedado callada, el agua mansa de los charcos se ha quedado callada, las piedras, sumergidas debajo del peso de la noche que emboza los contornos, se han quedado calladas, los follajes aéreos, indistintos entre oscuras masas y espesos manchones, se han quedado callados.

Cuando nosotros mismos somos carne, hueso y nervio del silencio, le pertenecemos a un todo sigiloso que transcurre y se extingue entre la irrestañable fuga de las horas. “Todo es uno”.

UNOS LADRONES DISTRAÍDOS

El poeta Karl Erlington Rigby Moses ha regresado ayer de Londres. Se aparece a las tres y media de la madrugada llamando al portón de entrada de tu casa. Bare footed, dressed with muddy garments, and stinking of rum like hell. Cuatro gamberros lo asaltaron en un callejón, dice, lo encañonaron con un revólver cuando volvía de la parranda con la que estaba celebrando su regreso. De un empellón lo tiraron al suelo lodoso, lo ablandaron a patadas, se llevaron sus zapatos, sus gafas oscuras con armazón de oro y su billetera con 350 libras esterlinas, cash. Cuando los asaltantes se alejaban a la carrera, Rigby, mostrando en alto el antebrazo izquierdo, les gritó: "Hey! Se les olvidó robarme también este reloj".

Pero ya los ladrones iban demasiado lejos.


Noche del lunes 240691

El hombre del brazo largo. En el cuadro cabían excesivas disyunciones. Opté por unos pigmentos blancos que me habían sido sugeridos en un sueño de la madrugada de anteayer. Total, borramos anchas zonas del esbozo anterior, para que relevaran dos figuras, una cabeza de perfil, y un largo brazo travesaño.

La vida es siempre un nudo, gordianísimo.

Si tu vida entera demuestra no tener sentido, ¿por qué habrías vos de empeñarte en fingir, a fuerza de sintaxis y prosodia, lo contrario?


Anochecer del miércoles 260691

El hombre del brazo largo. Resuelto, rematado en base a la resolución de una cadena de detalles, contra reloj (a contre coeur que hubiera sido). Procesar cierto afinamiento de las tramas, sepultando algunos espacios intencionalmente dejados vacíos en el esbozo de un primer esqueleto. Restando al pormenor las cantidades de alguna tonalidad determinada. Siena quemada, siena natural, ocre dorado, por ejemplo. Buscando afinidades en el lenguaje de colores, en base al cual podrían conversar entre sí -si es que existieran- ese tipo de figuras.

Por un momento, toda posibilidad de sentido pareció a punto de irse a pique en el abismo del blanco titanio, con el cual fuiste separando unos cuerpos de los otros. La neblina blanca debería convertirse en ambiente alrededor de otras figuras menores, ocupando los intervalos, para darle a la composición espesor, profundidad, perspectiva. Y el ambiente debería devenir paisaje, el paisaje de algún islote firme de nuestra imaginación.

Pero cierto golpe de soslayo sugirió el contorno de una cadera, esbozó el perfil de una cabeza. Entonces dibujaste con un pincel delgado y las tres figuras establecieron polo a tierra, señalaron distancias definibles entre ellas. Esas distancias fueron lo que empujaste hasta el fondo con los despliegues del pigmento blanco.

Todo esto debe parcialmente haber sucedido ayer. Hoy la tónica general fue de afinar, definir, con mayor claridad, algunas zonas de los vestigios de aquel cuerpo único extendido a lo largo del cuadro original, del cual se habían desmembrado estas otras tres figuras, menos el largo brazo travesaño, que estuvo todo el tiempo en la composición, desde el principio.

Es decir, pareció necesario pulirles el ropaje a las figuras nuevas durante todo el día laboral, con unos pinceles finos, con la pasta de tus tubos de colores. El resto fue imaginar con la pura yema de los dedos, a ciegas, el paisaje de un lugar, que ni Aristóteles mismo habría previsto.

***

Una falsa pintura de Gauguin: Las dos niñas de doce y trece años, vendedoras de tortillas (rostros, brazos y piernas pintados con tierra de sombra, con unas pinceladas superpuestas de rosa de madera y tierra de Siena natural, los cabellos lacios y sedosos pintados con rápidos brochazos de negro marfil), paradas ellas enfrente de la reja de tu corredor, junto con otros curiosos, para asomarse a ver qué era lo que vos finalmente estabas pintando.


Amanecer del jueves 270691

Párrafos, se suena uno la nariz y sale un párrafo. Retumbos de lecturas y conversaciones. Remediciones, remeditaciones milimétricas.

De buen ánimo, y con aquella lluvia paciente pairando entre nuestra respiración y las nubes del día que después transcurrirá. Nuestro zalbeque cargado con unas piedras raras.

Paciente la lluvia, sacándole filo muy despacito a unos colores que de por sí había dejado erosionados el verano.

Volver a enfrentarse con la lona, restregarla con las borras de la digestión de tus sueños.

***

Cierto personaje insidioso, campeón parroquial de intriguillas fustaneras, bífido de lengua, retorcido y esquivo de figura, jabonoso y sesgado de modales, enclavado siempre en la médula de la mezquina rapiña, escurriéndose por las rendijas de los escritorios, anaqueles, armarios y otros muebles rescatados de los naufragios gubernamentales.

¿Quién es este cortesanillo al que sólo parecen faltarle las zapatillas de charol con hebillas de bufón? La cruda luz xolotlana lo pintaría con el gaznate alargado, la nariz filuda de pajarraco pica tripa, coronado con los bucles lustrosos del mordedor de almohadas. Y henchido secretamente de una perversidad reculadora, enconada y alevosa, de prolongadas fermentaciones.

Sabandija que en nuestro medio (con el calor, la humedad y el caldo tropical de numerosas materias orgánicas en acelerado proceso de descomposición) debe fácilmente reproducirse y proliferar.

***

N. La lagartija blanca, perro-zompopa, ha salido a la zona clara del patio encementado, a temperar bajo el peso sordo de la luz. Vienen los niños, mis alumnos de dibujo y de pintura, entran desde el portón lejano de la calle. La lagartija alza la cabeza, estira el cuello, gira presurosa, corre a refugiarse en sus resquicios en la sombra, al percatarse de un retumbante acercarse de zapatos.

Las posiciones genéricas, emblemáticas, de la lagartija, encierran en sus actitudes vitales, todas las letras de tu alfabeto de pintor gestual.

El hombre del brazo largo, encore, suite et fin. Fue hasta hoy que aparecieron los caballos, habitantes lejanos del paisaje. Parecieran la acertadísima apuesta de tus dedos, si tan sólo lograras organizarles alrededor los matorrales, accidentes y depresiones de un ambiente, suficientemente firme para soportar las embestidas de sus galopes.


Mañana del sábado 290691

Un paciente, un moroso hilo narrativo tendría que hilvanarlo todo, las hojas secas alfombrando el patio, el filo de la luz rebotando contra el vidrio de las persianas, el sisear fugitivo de las lagartijas, el escurrir segundero de las garúas vespertinas, el apagarse manso y paulatino de este día, fingiendo una profunda infinitud en los espejos de los charcos, enlazando los puntos y las comas de las moscas, que joden e incomodan, a su modo, los antebrazos de los dedos que galopan estas teclas.

Queda en suspenso un gotear delicadísimo encima de la noche, hojas y tallos mojados por lo que esta tarde pudo haber de lluvia.


Mañana del domingo 300691

Anoche, al cierre de edición, cae Aurelio Monterrey. Doblemente, o más, por el equivalente de cien walkers en moneda soluble y plegable, más la espórtula de una cama de laurel blanco jaspeado en ámbar, con tambor de cuero, curtido con todo y los pelos del color overo de la res. Regalo como de soberano pastor en campaña de guerra.

N. Viene uno de tus vecinos, albañil, maestro de obras, y se empeña, a golpe de trago tras trago de ron, en redondearte unos párrafos de narrativa vecinal.

¿Te gustó Jamaica, Armengol?


julio


Lunes 010791

Al otro lado de la calle, donde la plataforma de las casas era más alta, había una venta. Allá estuviste tomando cerveza, desde allá mirabas a lo lejos tu casa, mientras una tras otra consumías tus cervezas, ¿y qué te importaba a vos el universo entero? Te sentiste libre de responsabilidad hasta por el mismo peso de tu cuerpo. Después, caminaste de regreso, hasta donde en la desolada oscuridad no se miraba nada, y sólo quedaba escribir y escribir, hasta que alguna vez fuera posible lo que, únicamente, de verdad, vos...

En frente de otra tela de las que habías comenzado quién sabe ahora a qué alturas del año antepasado, en blanco y azul, con algunos grises. Si te empeñabas, en cuestión de dos semanas los garabatos más destrabados podías caminarlos hasta serios amagos de sentido. Por muy descabellados, embrionarios, incipientes y desmañados que hubieran sido en sus inicios.

Pintaste al fin con tanta dedicación porque fuiste llevado a una situación en la cual hacerlo pareció la única manera de alcanzar desde el más elemental hasta el más crudo de tus apetitos y deseos.


Mañana del martes 020791

Che dirvi piu?

Sobre tu cama de soltero se había sentado a conversar la mujer de los sobacos peludos. Digamos que vos ya lo olvidaste. Porque el día de hoy cumpliste cabalmente con tu trabajo cotidiano de olvidar.

Deberías estructurar una teoría que hilvanara cada pelo de esos sobacos con cada surco por donde el pincel había estirado las diluciones de la pintura. ¿A dónde habías llegado con aquel desplazamiento de tus apetitos dentro del espacio de aquellas telas?


Mañana del jueves 040791

Con el aporte de sesenta walkers de Rosa Eleonora Maxilar, hermana mayor del artista, se completa el dinero para comprar los materiales que harían falta para el montaje de los seis dibujos que competirán en el certamen nacional.

El resto de la mañana te dormiste hasta mediodía y treinta, después de haber estado comiendo polvo de cacao con azúcar, y jugando durante un gran rato, acostado en una hamaca con aquellas dos chavalas callejeras. Un día de estos te voy a pintar un retrato, le decís a una de ellas. Mejor me pintás con palabras, dice ella. Voy a decir que te gusta que te aprieten, que te muerdan la nuca, que te hagan cosquillas en el sobaco, y que te den una nalgada.

Hasta que vino el vecino fisgón a asomarse a la reja.

AN. Casi ha anochecido, los vecinos del fondo logran que trepe un humo muy azul enroscándose por encima del techo. Otra falsa pintura de Gauguin: bajo la extensa sombra de un palo de mango. Cinco niñas morenas, de entre cuatro y cinco años, jugando alrededor de una cabra.


Mañana del viernes 050791

Los sueños eran curiosos porque parecían estar, por medio de un proceso veloz y preciso, poniendo en orden miles de detalles que tenían que ver no solamente con tu salud corporal, sino que revelaban pasajes completos, con estructura de diversas escenas de tu vida futura.

Procesos de ritmo frenético que se operaban con espantosa precisión en el corazón bueno de todas las cosas. Detalles infinitesimales que te era dado advertir con minuciosa precisión. El color de las cosas podría ser febril, salpicado de rechinantes contrastes, traído a tonalidades francamente ácidas.

Estaban reunidos varios factores que hubieran dado pie para calificarlos de pesadillas. Salvo uno, vos no tenías miedo. Con ánimo tranquilo, casi alegre, asististe al demorado, al minucioso desenvolverse y completarse de todas las anécdotas.


Mediodía del jueves 110791

Ya en las orillas del eclipse, Isabel Quijada Carvajal, hermana menor del artista, más algunas sobrinas, ayudaron a Eldifonso a llevar sus cuadros a la galería Praxis. El portón de entrada estaba anudado seis veces por una cadena de hierro, más un cancerbero candado. No le abrimos a nadie, dice el muchacho portero que tenía la llave. "Los miembros del jurado calificador ya están aquí".

Pero a vos sí te dejaron entrar con tus cuadros.


Mañana del viernes 120791

Se trataba de otro asunto, pero han regresado las mismas locas que siempre vienen juntas. Se enrollan ambas, muertas de risa, entre los anchos faldones de la hamaca. Desde allá te llaman, gritan tu nombre. "Eldifonso, Eldifonso. Vení a vernos dónde estamos escondidas". Vos no te levantás, seguís escribiendo. "Vengan a ver ustedes cómo me he escondido yo entre las líneas de estos papeles".


Tarde del lunes 150791

Dormido, tuviste un pincel fino disolviéndote unos colores transparentes sobre las compactas acideces de tu hígado.


Anochecer del martes 160791

Vinieron nuevamente aquellas vagabundas... etcétera. Mientras crecían las plantas, mientras leías las páginas de aquella crónica del fin del siglo pasado. Eso y unas nubes, una puesta de sol, era lo que se miraba desde el agujero donde vos envejecías por puro gusto (porque nadie te había hecho nada). Comenzaste por la tarde tiñendo la textura de una cartulina, y terminaste al anochecer mojando en oscuro el suelo de las plantas. Con dedos artesanos trazaste un círculo. Lo que quedara adentro era el día de hoy, flor sin sal del silencio vidriado del desierto.

Hurgando con el pincel ensayaste sorprender cualquier amago de figura contra unos veloces reojos. Enfrentaste algo terco, que se negaba a desaparecer, algo a lo que vos quisiste atacar en sus puntos vitales.

Hasta que volvió a anochecer, volviste a hundir en oscuridad la sombra de tus plantas, junto con tus nociones de fondo, desdeñosas de totales aparentes.


Mañana del miércoles 170791

Amanecí dibujando, trabajé hasta las nueve. Fui hasta un otro lado, hasta un segundo dibujo. Ahora tengo náuseas y deseos, todo en los mismos vasos, todo en la misma tinta que me palpita entre las sienes. Aunque fui variando, alternando los colores de lo manera más sutil que me fue posible. ¿Para qué?

Ayer también dibujaste durante la mayor parte del día. En papeles pequeños. Menos el intervalo que dormiste, menos los largos momentos de lectura de tu guía para doblar la esquina de los siglos, y menos los lapsos que debiste plantarte para ponerle cara de visitado a tus visitantes.


Anochecer del martes 230791

Ya de noche, tres de tus chavalas callejeras han venido. Quieren pintar, dicen. Vos le das una lámina de cartulina a cada una, les encendés una lámpara encima de la mesa grande. Hasta música jamaiquina les ponés en una casetera. Ellas te llaman cada cierto tiempo. Eldifonso, Eldifonso, podés venir un segundo. Ajá, ¿qué se ofrece? "No sé. Ahora ya se me olvidó lo que quería decirte". Cuatro chavalas, porque media hora después ha venido otra, con más flores estampadas en la blusa, artillada con otras puntas de personalidad más provocativas.


Viernes 260791

Encontraste un mensaje sobre la mesa grande. "Tuve ganas de hablar con vos, de estar con vos un rato, me hizo falta verte, oírte, contarte algunas cosas. Lástima que vos no estuvieras en tu casa".

Vos nunca estabas, desde hace meses vos nunca estabas.


Tarde del lunes 290791

Dibujé durante todo el día. Menos dos lapsos. Uno, temprano de la mañana, cuando fui a traer mis cartas de la Habana, y a comprar algunas cosas en un supermercado. El otro fue el de almorzar y de dormir la siesta, con apenas una pausa de punto y seguido.

Como después llovió, vos decidiste que ya no había suficiente luz diurna para seguir dibujando. Y el final de la tarde está tranquilo, vos ves frente a tu cuarto, en un charco que quedó sobre el cemento del patio, el reflejo de todo lo que del universo alcanza en él.


Madrugada del martes 300791

Suponiendo que nada tuviera nombre y que nosotros no retuviéramos conceptos ni nociones…

Ciertas líneas posibles, en caso de que vos te pusieras a ver el mundo con ojos de pintor, líneas que lo hilvanaban todo por sus ángulos. Mayormente cuando estuvieras viendo el mundo desde adentro del marco de unas paredes, a nivel y escuadra.

Despertaste a las cuatro, sentado en la cama te pusiste a pensar despacio todo lo que era mejor pensar antes que la máquina de escribir enmudeciera rodeada de visitas.


Miércoles 310791

La mañana se enmaraña en unas regiones del desierto donde la arena no tiene color. El nombre, las referencias de las cosas imantan fácilmente hacia el olvido. Y todos estamos pálidos, el cielo, nuestros dedos, nuestras páginas, la memoria misma de todas las cosas.

Todo esto dicho y pensado en broma. Para mientras encontrábamos algo más serio de lo cual reírnos.


agosto


Mañana del jueves 010891

La casa se queda callada, un montón de cosas se quedan calladas al mismo tiempo, junto con los muebles y demás objetos de plástico, cemento o vidrio.

El día trotando mañosamente detrás de un humo palidísimo, leve, frágil y azul, que corre hacia el poniente por encima de los grises techos de lata de tus vecinos del callejón del fondo.

El mundo siempre es más grande que vos, más grande que tus nociones e intuiciones, pero una vez que has meado el mundo pareciera haberse reducido de tamaño.

Pareciera imposible estirar el mediodía. Truena el calor, truenan los radios, truenan los cohetes, las bombas y las triquitracas, truena la borrachera general.

¿Cómo es que vos podías ser parte de Todo?
Sino así: "Cuatro cervezas más para esta mesa, por favor".

Siempre la Realidad tiene más dedos, más piernas y más cabezas que uno.


Mañana del lunes 050891

Concentrado en tomarle medidas muy sutiles a tu propia necesidad de decir algo. Mientras Managua transcurría enfrente, delante del vidrio del carrito amarillo de tu amiga. Vidrio que estaba reventado por una cortadura vertical que repetía un dibujo de ramos de coral, o de manojo eléctrico de rayos durante una tormenta.


Martes 060891

Anochecemos viendo anochecer, los dos perros de los vecinos, los arbolitos de la acera, y este seguro servidor. Uno de los perros, la Tuquesa, tenía las orejas florecidas con un jardín de garrapatas. (Karapatas, dice una de las niñas). Que había que bañarla con ácido sulfúrico, y después darle una mano de rinse, fue el diagnóstico sabio de la mayorcita de las niñas.

Hubo cierta cerveza que durante largo rato estuvo comentando críticamente tus dibujos, pero tampoco dispusiste de ningún papelito al alcance de la mano, para anotar los puntos críticos.


Jueves 080891

El color de los árboles inflado por el brillo de la primera cerveza matutina. Barren detrás de vos, suenan las latas de las tapaderas de cerveza arrastradas sobre el piso.


Viernes 090891

El teléfono decide cuándo es inevitable escribir. Te hablaba al oído aquel bicho venerablemente barbado. Voy a llegar el martes, a las dos de la tarde. ¿Está bien? ¿Pero dónde habías estado metido, bicho, durante el lapso de todas estas semanas anteriores?


Martes 130891

Enemigo de nuestras costumbres, impermeable a nuestras religiones civilizadas, infiel a las leyes de nuestra sintaxis regular...


Jueves 150891

PROFESIÓN DE FE DEL BEBEDOR DE CERVEZA

Cuando yo meo, no solamente contribuyo grandemente con nuestro bienestar social. Si yo meo, el equilibrio del universo se restablece, se confirma sobre sólidos cimientos. Cuando yo meo, parpadea de salud la Cruz del Sur, se despabilan atónitas las Pléyades, piafa, trota y relincha el Alfa del Centauro. Si yo meo, la lluvia recomienza en alguna aldea de Nueva Zelanda, bautizan a unos niños en las parroquias de Oruro, abrevan unas gacelas en la corriente del Éufrates, una orquesta lusitana afina los acordes de su instrumental sinfónico, alguna sigilosa cofradía veneciana goza en silencio de su día feriado.

Cuando yo meo, cincuenta mil ánimas en pena alcanzan indulgencia.


Martes 200891

Anochecimos viendo anochecer, un árbol íngrimo, unas verjas de hierro, el cemento de las aceras, los rostros que tuvieron las paredes, unas botellas de cerveza y yo.

(Y estuviste horas pintando unos dibujos pequeños. Sumándole milímetros de color caliente a unas figuras excesivamente pálidas. Tus investigaciones en contra de la resistencia de algunos colores. Sus infinitas posibilidades de asociación. Casi lograste que algo vivo pulsara entre los hilos de aquellas rayas, que se movieran hacia donde vos estarías de todas maneras esperando, aunque resultara nada muchas veces. Por ver si encima, si por debajo, si en medio, si aparte quedaba algo...)


Mañana del miércoles 260891

EL MONDONGO DE JEHOVá

"El güeso de res y el mondongo. Gloria a Dios!"


***

La lagartija tendida sobre una piedra plana, a unos cuatro centímetros del suelo, vigilando atenta su territorio, su pedazo parcial de realidad.

La lagartija es una en sí misma. Siluriana Deslizadora Fugitiva de las Rendijas, tal es su nombre y sus apellidos anti-científicos. Tiene el cuerpo pintado con rayas y lunares, y da en revolverse en unas enérgicas calistenias, previas al asalto de cualquiera de sus menudas presas. Así, dibuja anticipadamente sobre el espacio oval de la piedra todos los garabatos que vos podrías dibujar hoy.


septiembre


Mañana del domingo 010991

Otra inundación. ¿Para qué te servía a vos la memoria colectiva? Contribución personal al adelgazamiento de nuestra memoria colectiva.

Y la inundación no te hizo nada, arrastró algunas chancletas que le habías dejado de sebo, volvió a mojar los lomos y las barrigas de algunas enciclopedias de arte, aquella agua espesa de tierra fangosa mojó un cartapacio con manuscritos de Lázaro Ramakí. (Tampoco nada que a Lázaro, sobreviviente de huracanes, guerras y terremotos, no le hubiera sucedido antes).


Noche del jueves 050991

Lo monstruoso, la monstruosidad como fuente, como nacionalidad, como suelo nativo.

Una simple frase de la Phaenomenologie des Geistes que le daría sentido a todo aquello a lo que vos no hubieras podido encontrárselo por vos mismo. El destino particular de cada instante. Una hora, un punto hasta donde todas las cosas, en general, hubieran avanzado.


Mañana del viernes 060991

Pescar con un alfiler unos animalitos finísimos entre las aguas divisibles de uno de los gruesos libros que estabas estudiando.

Por la noche ir a meterte a tu antro de perdición favorito, hasta las tres de la madrugada bailando y restregándote con tus putas del alma, amigas predilectas tuyas. Todo en bellísima paz, todo en idílica armonía, sin que nadie tuviera que cogerse a nadie. Nada más porque se caían bien, porque a unas les gustaba como bailaba el otro. Por puro amor al deporte. Aunque bailando, bailando, de repente quedaras a medio centímetro de morderle la punta de los pezones a la suripanta más amistosa. Mientras el negro que la administraba la esperaba sentado a una mesa, y ensayaba un digno semblante de marido severo, delicado y celoso.


Noche del jueves 120991

Un lugar, Aristóteles de Estagira, donde todo sucede sin dejar fisuras donde cupiera nada en medio, por lo cual casi no existe cualquier cosa que dijéramos. Retazos, que nadie junta ni empuja, para donde quiera que fuera. Sólo acostados en una silla larga. Lo mismo que cualquiera pudiera divertirse un jueves, sin tampoco moverse demasiado.

¿Qué sesgos insospechadamente miserables hubieras podido vos redargüir contra las bellas verdades del profesor André Breton?


octubre


Noche del miércoles 021091

Sin bañarte, sin siquiera peinarte, sin comer, sin enjuagarte siquiera la boca, sin salir a ninguna parte, casi sin levantar la vista de la mesa, dibujaste durante todo el día.

Al anochecer había comida caliente en una fritanga. Vos llegaste armado de escudo con un plato blanco. La vendedora blandiendo el cucharón repartidor en la mano. Extendiendo en tu plato las tajadas de plátano frito, un tasajo de asado de res y unos mechones de repollo salpicados de vinagre, todo tan serio, tan compuesto, tan formal: tu alimento.


Noche del viernes 041091

Todas las mañanas, mientras estoy inclinado sobre la mesa de dibujo, traduciendo el silencio que he dejado acumularse en mi interior, viene la muerte y me acaricia levemente la espalda. Exactamente en el lugar donde tengo una mancha. Me rasco un poco con un cepillo para el cabello, y sigo dibujando, como si lo realmente urgente fuera totalmente otra cosa.


Noche del jueves 241091

ARTEPOÉTICAS.

Conversación con Scarlet, una amiga de cuatro o cinco años, mientras pintamos ambos sobre la misma mesa:

-Cómo se pone el perro, Pegro Lión?

-Con azul de metileno, creo yo, en los rayos equis se echa de ver, aunque esté lloviendo. Además, ¿qué les importa a los matarifes del rastro municipal?

Póngalo como usted quiera, así queda mejor.


Mediodía del sábado 261091

El año de los reconocimientos. A mediodía timbran. ¿Aló? Mereciste una mención, en el certamen Nimehuatzin, dice el teléfono en tu oreja. Alvaro Urtecho, el padre Escoto y Pier Pierson fueron los jueces de este veredicto. ¿Qué te parece, pintor?

Me embadurno un dedo con lo que sepan de pintura entre los tres. Los muy avisados. Pero de todas maneras muchas gracias, dijiste.

La verdad nos reúna y reconcilie, de algún modo, a todos. Hermanos ciegos, que me estáis escuchando donde no se ve nada.

La ciudad entonces se pone a girar alrededor de otras tensiones, alrededor de la música de otras expectativas.


noviembre


Mañana del viernes 151191

Ideas paren ideas. Bastó que planeara a vuelo de gavilán sobre unos manuscritos ayer tarde, y amanezco plagado de ocurrencias, continuidades, soluciones literarias. Pero tengo pendientes demasiadas cosas que, por aparte, urge completar.

Les debo un largo discurso a los estelianos. Algunas frases, algunos retazos de párrafo andaban sueltos entre el río de piedras de mis cavilaciones matinales, mientras caminaba de un lado a otro, regresando a sus lugares los ordenados batallones de nuestro regimiento de dibujos de los años 64 a 72.

¿Qué tenía que ver eso con el fracaso de Simón Bolívar, con el Destino Manifiesto de la Unión Americana, con las reflexiones de Domingo Faustino Sarmiento?

"Pesadas tareas nos agobian en el presente..."


Mediodía del jueves 211191

Voy a ser abuelo. Mi hermana pasa en su carrito blanco avisando que la mujer de mi hijo tiene dos meses de embarazo.


diciembre

Mañana del sábado 141291

Maniático lunes y martes. Pintando obsesivamente, para entregar un cuadro a tiempo. Pintando desde las cinco de la madrugada hasta que no hubiera luz por la tarde, sin comer, sin dormir la siesta, con un humor fragilísimo, pintando y pintando, sin salir, sin contestar el teléfono, sin hablar con nadie. Hasta que a las seis en punto de la tarde del martes llevaste tu cuadro, ya enmarcado en una lámina de cartón, a la galería Praxis.


Lunes 161291

Era insuficiente lo que sumaba todo tu dinero disponible contra la cantidad que reclamaban tus facturas de energía eléctrica. Dos meses. Trescientos sesenta y cinco córdobas con dieciocho centavos.

Pero almorzamos. Arroz valenciano, un poco al estilo Nandaime.

Además de fumar mucho, y de teñir unas cartulinas maniáticas. Cartulinas que se defienden tercamente, que se niegan testarudamente a que vos las terminés como querrías. Y todavía están trompudas, empurradas, hasta la hora que, enfrentado a los somnolientos animales de tu siesta, es necesario cerrar el redondel del mediodía.

Y a fin de cuentas lo de las facturas queda resuelto, mediante otro movimiento de las fuerzas de lo anónimo. Mateo Rojas traslada a tus activos una nota de veinte verdes. Después fuiste a la oficina del INE y pagaste todo. Sobró un saldo, aunque minúsculo.


Mañana del sábado 281291

Merodeares por las pulperías de las zonas cinco y seis. Objetivo: comprar unas gacillas. Que por secretas razones no quiso vender, bigotudazo, el que por detrás de la pecera de sus anteojos de culo de botella estrenaba sonriente una camisa amarilla. Simples gentes de esta circunscripción, humildes bestias en el pesebre de vuestro Señor.

La mañana tiene relojes que nos vigilan.

N. El obstinado color de tus zapatos nuevos, ya cuando el color de las cervezas se había borrado. Cada quien en este mundo asumiendo el cuidado de sus propios dedos de los pies. Memoria de la Realidad, de donde cuelgan mojadas o marchitas todas las cosas, no te olvidés de nosotros.


Mediodía del lunes 301291

RELACIONES ENTRE EL ARTE Y EL MERCADO

Un pintor suelto en un mercado, procede con eficacia, con prontitud y precisión. Escoge frutas y legumbres, verdes o amarillentas, desnudas de vergüenza, o pudorosamente forradas de sus cáscaras. El pintor selecciona sus racimos de bananos digitales, sus piñas de piel áspera, sus aguacates energéticos, su bloque rectangular de queso selenita, su tropilla de mandarinas eléctricas, su escuadrón de acérrimos limones, sus rotundos tres pesos de tortillas. Después regresa caminando hasta su casa, pintor y soldado. Con cincuenta libras de lastre en la mochila, vienen las botas nuevas arando los senderos polvorientos del verano.

***

Un puentecito peatonal. Adelante de vos iba un vecino, menocucho y miope de nacimiento, con sus antiparras con aro de metal, su camisa de mangas cortas, un pantalón oscuro y unas zapatillas baratas con suela de vinyl. Al llegar a la propia raya donde comenzaba el puente, de cemento, armado con barandilla de tubos de metal, que salva el cauce entre las inmediaciones del mercado y el barriecito polvoriento donde viven ambos, tu vecino se detiene, frena en seco, se hace el noruego, mira para todos lados donde no se ve nada, examina el indefinido perfil de las primeras constelaciones veraniegas, revisa el fondo ciego del cauce. Todo para esperar que vos pasés primero, para que caminés delante de él.

¿Tenía desconfianza de vos? ¿Tenía miedo de que vos pudieras asaltarlo?

Un niño casi desnudo, casi salvaje, analfabeto, sucio, desnutrido y descalzo, pastoreando unos famélicos caballos cocheros. Pelado a rape, tatuado de carates, de tiñas y rasquiñas, con un brillo de extravío superpuesto a la permanente sonrisa de tampoco entender nada.

Ese niño también era yo.

Vivo a través de muchas distancias que coinciden en mí.