sábado, 6 de septiembre de 2008

SAVIA FLUYENTE








ESPECTRO SINFÓNICO VECINAL

Es este uno de esos momentos cuando la naturaleza evidencia un comportamiento de conjunto, un sentido orquestal, una lógica sinfónica que va más allá de lo meramente sonoro, para inmiscuirse sin escrúpulos en la esfera de lo visual. Porque hoy por ejemplo no trinan los pájaros ni cantan las gallinas, en cambio amanece nublado y lluvioso, blurred colors on the air. Para no hablar de las tristezas que chorrean el alma de los toreros, los carteros, los aprendices de panaderos, los soldadores autógenos y los visitadores médicos de las comarcas rurales, señor.

Por otra parte (que es todavía la misma parte de siempre) unas ideas muy desgastadas, muy erosionadas por una aburrida tristeza, dan vueltas y vueltas alrededor de sí mismas, como si su desconsuelo fueran las aceras del parque parroquial de Ocotal, o de Santa Cruz de la Sierra, si usted prefiere, señor.

En cambio, cantan sus sueños unas canciones que habría que acompañarlas con escofinas, con transformadores de alto voltaje, con perforadoras neumáticas, con palas mecánicas, con motosierras en escuadrón. Para luego sumarlas al estruendoso saldo infernal de nuestros vecinos del fondo, que existen dueños de un radio con cuatro bocinas, que perfectamente se ubicarían en el peor de los círculos de tortura del más allá, sin timidez ni desmedro, señor.


(Mañanita del jueves 150695).









UN CABALLO ES UN CABALLO

“Miserere di me, gridai a lui…”
(Dante, Inferno, I, 65)

Saben las piedras de palo unas historias que ningún transeúnte sospecha. Una vez pasó un mendigo que se llevó en un costal todos los años en que vos nunca volviste (dijo el bolero), arrulladora de mi sobaco. Dentro de un sobre aéreo se llevó todo el cielo que cabe debajo de los puentes de Tegucigalpa, y regresó meses después con la lengua ciega por la sal de unos versos, en el extremo de la misma inmensidad que ya sabemos todos. Mientras duraban los calores y los sudores (nada más por rimar) de mil novecientos exactamente cuándo, precisamente entonces.

Existe una manera de alcanzar la dicha que tampoco tiene ruedas. Y existe que cierran de madrugada las cantinas favoritas de nuestro corazón, dijo el bolero. Cuando el correo no necesitaba ni caminar tan lejos, después que degollamos al caballo de la posta, con motivo de las fiestas de diciembre y acaso por capricho del destino, dijo el bolero.

Aquel mendigo en realidad no era nadie, al mismo tiempo que era tu otro yo, que viene a ser lo mismo. Sus herramientas eran el almuerzo con fideos, la vida con espuelas, y los programas filantrópicos que tampoco nos consuelan, para variar.

Y ninguno tampoco piensa inútil precaver que hasta los mendigos imaginarios sepan bailar el ajedrez, como sólo saben los buenos. Para este fin resultan tan eficientes nuestras ciudades. Pero al que le falten alas (para entendernos, aunque fuera de soslayo) tampoco hay que despreciarlo.

Después regresó el caballo, con el capricho de sus tripas alojadas en un estuche especial. (Los caballos siempre regresan. Por eso nadie los mueve de aquellas páginas donde están). Cuando está todo así, tan apretado y casi maduro, apenas podemos conversar con tanto ruido que sucede a nuestro alrededor, mientras los ríos llevan agua hacia donde la gente tampoco se preocupa por averiguar. (Tal vez porque ya se sabe, desde la escuela primaria, que todos los ríos corren apresurados hacia el océano).

Desvelados lectores de la Biblia, bautizadores anónimos de infinitos mundos, tropezadores de todas las aceras de este siglo, ¿cuántos capítulos inéditos habremos cocinado de puntillas? ¿Cuántos millones de puntos y seguido nos darían el fruto de una sola respiración? Mientras no exista aquel viernes que nos limita por frontera. Mientras no termine de acabársenos el mundo, porque ese día llegará, dijo el bolero.

Estas letras (desesperadamente sin música) piden auxilio. Pero que no lo note nadie. Mucho menos aquellas personas que tampoco nos pudieran misericordiar.

Y allí estarán los menesterosos, velando por la salud del caballo durante las cuarentenas y las cuaresmas de su primera comunión, a todo lo largo del verano y la primavera, junto con el ombligo feroz de los tiburones y el aliento épico de las tarjetas postales. Por que ese es su oficio. ¿No es verdad? Un caballo es un caballo, por mucho que sudara el culo de nuestro Quevedo y Villegas.

En otras palabras, cuando vos advirtás que dos albañiles conversan trepados en un andamio, poneles las dos orejas y dales todo tu corazón, dijo el bolero. Porque los albañiles en el andamio están más cerca de Dios, y desde su divisadero pellizcan el cuero de los animales mayores de la Verdad ("avec ses anges pleurantes" como dijera aquel) con mejor modo y mucho más maña que aquellos que tanto hemos estudiado para evangelizar al nivel de las aceras y las cunetas. No lo dudés.

Atentamente, tu vigilante, tu penitente, tu ánima en pena:.

Pedro León Carvajal.
(el firmador)


(Noche del viernes 090695).

ELLA ES LIBRE


"Me provoca urticaria oírla hablar horrores contra "la burguesía". Como si ella misma no estuviera amarrada por todos lados (por relaciones directas de consanguinidad) con lo más graneado entre los propietarios de los exclusivos repartos residenciales y de los centros comerciales del distrito sur capitalino. En el fondo, a las horas decisivas, en las situaciones cruciales, ella también reproduce las actitudes básicas, los modales, la moral, la ideología, el lenguaje y hasta los tics nerviosos de aquella gente. Son situaciones que te marcan, para toda la vida. Son manchas indelebles, que no se borran simplemente a causa de una empecinada manifestación de voluntad, o por la fuerza irreprimible de tu temperamento."

"Claro, ella ha luchado por liberarse, por emanciparse. Se viste, se despeina y se maquilla como una gitana (como una pelandusca vagabunda, opina su mamá), sale sola, se pierde, no regresa, trasnocha, baila descalza, se emborracha, fuma hierba brava, y luego resulta metida en enredos maritales con poetas peso mosca, con pintores mariguanos, con baladistas sin oficio, con rocanroleros, raperos y otros especimenes de juglares y saltimbanquis. Así, en ese tren de vida, ella resuelve su existencia autónoma durante largas temporadas, persiste alejada de su circo familiar. Así se aventura fuera de la reserva ecológica de su lujoso reparto residencial, así explora otros mundos, otras dimensiones de la realidad, y así logra sobrevivir durante algunos meses por su cuenta y riesgo propios.

Por lo menos mientras no le va tan mal, porque cuando la vida le propina algunos bofetones demasiado brutales, cuando la tratan a patadas y empellones aquí en estos inframundos, ella regresa cabizbaja y contrita hasta el redil doméstico. Sufre la humillación de fingirse arrepentida. Acepta pasivamente cambiar de aspecto, de actitudes, de maquillaje y de vestuario. Entonces languidece, sufre en silencio de insondables depresiones. No sería ninguna sorpresa si en una de tantas le diera por el misticismo, si terminara presa y convicta en una cadena de devociones, penitencias y retiros espirituales. Si no es que, durante una de esas lagunas de desaliento, termina casada con algún besugo de saco, corbata, automóvil del año y tarjetas de crédito Visa y Mastercard”.

(abril de 1990)


REGRESO DE GRANADA

Dos mujeres morenas conversaban a tu lado, mientras afuera discurrían, en escalonadas perspectivas, las propuestas de paisaje que filtraban las ventanillas de aquel bus, en el que regresaste esta mañana de Granada. Que el mango rosa estaba a un peso la docena, aseguró una de ellas, pero que la gente ni así de barato lo quería. "Es mala carga el mango", concluyó la otra, como quien hubiera dado con las raíces de un proverbio. Vos les mirabas las manos curtidas y callosas a las dos mujeres. Una de ellas debería andar alrededor de los cincuenta, la otra tendría acaso veinte.

La mujer joven contaba ahora el caso de un chofer de bus que no había querido aceptarle pago por el transporte de su canasto de frutas, ni tampoco por el pasaje de su niña. Desde que me dijo "Ahí después nos arreglamos", yo ya sabía que no me iba a cobrar. Lo que no me figuraba era lo que después, en cambio, el muy lépero quiso exigirme.

Mientras afuera desfilaban los exacerbados verdes del paisaje. Era temprano, estaba todo húmedo de rocío, la tierra, las piedras, los follajes. Desfilaban raudos: postes, pétalos, peñascos, explanadas, pastizales, paredones, pequeños puentes, terraplenes. Todo forrado de unos verdes como tejidos minuciosamente a mano. Una tropilla de vacas era arriada por el trote ocioso de unos caballos sueltos, que con el hocico casi empujaban a las reses por las grupas. Caballos, vacas, paisajes quedándose a lo lejos, que parecieron haber cabido en la palma de tu mano. Rimas peregrinas, imágenes errantes, figuras de lenguaje que andaban sueltas rodando por el mundo.


(martes 230791)



EL AMOR CONCRETO
(tocata y fuga)

La existencia material de nuestro amor se concreta, se definen los tornillos del término, se perfila y refina su concepto, se ponen en marcha sus engranajes y correas de transmisión, funcionan sus compresores y centrífugas, giran sus rodillos y filtran animadamente sus rejillas, resuella en bloque la estructura de su planta física, palpitan sus mecanismos de recuperación de desechos, se concentran sus tanques de oxidación en un reposo ferviente y febril.

De tal manera, que vira amor nuestra pitanza apresurada y exigua, son amor las rutinarias faenas cotidianas, son amor las sillas giratorias, las archivadoras y las gavetas de los escritorios, son amor unas esquinas de corredor donde doblamos apresurados, son amor el desvelo, la fatiga, y el tedio habituales, es amor la playa de estacionamiento, el portón del garaje, los baches del pavimento, la apasionada combustión interna de los motores, es amor el solazo veraniego, son amor el calor, el sudor y el polvo. Y son amor puro los engranajes que mueven la maquinaria industrial que despereza los légamos hondos de nuestros sueños olvidados.

Porque nuestro amor, además de haber precisado de cuarenta quintales de hierro en varillas de construcción de ¾ de pulgada, de veinticinco libras de alambre de amarrar, de 146 quintales de cemento, de 48 láminas de cinc (de 24 pulgadas de largo), de sesenta cuartones de madera de cedro (de tres pulgadas de ancho por cinco varas de largo), de quinientos cincuenta estribos para columnas de cuatro varillas, más veinte docenas de alacranes de hierro, treinta y nueve libras de clavos de tres pulgadas y diez libras de clavos de cinc, ocho litros de tapa-goteras, 16 camionadas de arena, catorce metros de grava, 64 metros cuadrados de ladrillos mosaicos y dos mil cuatrocientos bloques de arena... Nuestro amor ha necesitado igualmente de licitaciones, de proyectos, de presupuestos y de contratos, de asambleas y talleres, de agendas, de colaboraciones interinstitucionales, de una amplia base social, de sindicatos y líderes sindicales, de metas y de programas, de estadísticas y cláusulas, para no hablar de sentidas (y resentidas) reivindicaciones de género.

Es así que nuestro amor actual se ha nutrido y ha crecido, hasta alcanzar un tamaño que a veces pareciera adulto, voluntarioso y tenaz. Irreversible e incontrovertible. Aunque poco después mengua bajo la luna nueva, languidece y retrocede en resaca, se desvela, tiene ojeras, padece de malos humores y de agruras. Sin encontrar para nada explicaciones ni justificaciones exactas. Se arrincona unos lapsos, se escabulle, se huraña, tararea sus solfas menores, se distrae, titubea de brújula, y al final se aburre, se fastidia, y ansía emigrar, se desespera por cambiar de elenco y anhela inmensamente mudar de escenario. Hasta que termina odiando minuciosamente los términos originales de su primera definición. Entonces, da la media vuelta, y “se va con el sol cuando muere la tarde”.

Persiste durante un tiempo indefinido un timbrar infructuoso de teléfonos, en unas plantas físicas desoladas, como si algún huracán les hubiera borrado violentamente los letreros que identificaban sus paredes, y como si el amor difunto hubiera quedado esperando que algún violinista, tísico o leproso, viniera algún día a rebautizarlo con la celebridad póstuma de uno cualquiera de sus valses.

(Sábado 180395).


miércoles, 27 de agosto de 2008

VERSOS VILES










LA ESCRITURA, DEIDAD SUMERIA

La escritura, deidad sumeria,
capaz de disolver los más intrincados nudos,
aunque encuentre infestado de obstáculos
su transcurso. Reticencias, desánimos,
acideces del temperamento, tramas
pasionales, enamoramientos que envejecen,
progresiones geométricas todas
de pura vacuidad.

La escritura, deidad sumeria, todo lo tiñe,
lo raya, lo resume, lo raspa o lo salpica.
Desaparece un rostro, desaparece
el parpadear de una mirada, desaparece
la plenitud de un seno, desaparece
la curva de una cadera. Hasta que
triunfa al fin la neutralidad,
arquera y auriga, invicta
en silenciosas batallas.

Cuando anochece, el escriba anhela,
exhausto, agonizante, que la escritura,
deidad sumeria, le sobreviva.






PERFIL SOBRE DOS RUEDAS


Agraviado por el perfil de
la Realidad,
en abstracto, me duelo solo,
sin el auxilio de ningún idioma.
Circulo sobre la pista
de unos vastos disimulos
que se encadenan porque sí.

Navego, avanzo,
floto a la deriva en las aguas
del anonimato común. Receso
activo, constituyo margen,
eslabono
secuencias interinas,
mientras regresamos
al temperamento de otra normalidad.

Objetivamente, apenas soy nadie,
aún para mí. Me reconozco
en primer lugar
montado en esta bicicleta,
me identifico, me afirmo
por el esfuerzo de mis cuadriceps
femorales, antes que por el asentamiento
de unas ideas elevadas, o por el vuelo
de unas complicadas nociones
de conjunto.

Existo entre mis pies y mis pedales.
Sufro de fugaces impaciencias
que nuestras ruedas
fragmentan al milímetro.




PERFIL DE NUESTRO LADO ZURDO
(Conclusiones a ras de medianoche)




Que vos, abominable híbrido,
conocías apenas una Magna Lógica
y una sola Metafísica de las Costumbres:
la lógica del apetito sin paciencia,
y la metafísica del hartazgo sin saciedad.

Que a vos te fascinaba el gran grotesco,
que ese era tu género específico,
vinculado al expresionismo alemán,
en prosa, en verso y en dibujos.

Vos trataste de explicar,
de justificar tus irregularidades:

“Lo que sucede es que tengo ojos,
mi amor, no se me escapa nada,
el gran grotesco me busca,
me asedia en todas partes,
me prefiere, me persigue”.

“Además somos, con los alemanes,
los noruegos y los holandeses,
anatomistas rigurosos todos.

No mentimos”.

Pero tampoco esta vez dijiste nada.

Quedó así.






CUANDO UNA HOJA DE PAPEL
DA COLETAZOS Y CHORREA

Un poema, me parece, debería
ser un fragmento de diálogo
con unas deidades primitivas,
anteriores a la invención
de los idiomas y las religiones,
anteriores a la misma individuación
de los seres vivos.

Una vez pensada esta verdad
dentro de un cuarto oscuro,
con puertas y ventanas cerradas,
nuestra inspiración comienza a farfullar,
fluye tumultuosa, entrecortada,
hasta que emergen aquí y allá
unas crestas de frase sin cuerpo.
O viceversa.

Tales concreciones de nuestra vocación
tienden a procesarse luego sobre unas delgadas
láminas de papel. Lo cual se nos antoja
un oficio tan egipcio,
aunque ya haya pasado de moda esta manera
absorta de contemplar aquello que tampoco
se encuentra a nuestro alrededor.

De repente nuestras frases se enlazan
por puro instinto de afinidad prosódica,
mientras el escriba compone su figura,
para asestarle al aire algunos palos de ciego...

Y al final, prendido en el extremo de un cordel
que enlaza y anuda nuestro anzuelo
da coletazos y chorrea como un pescado
nuestra especie monstruosa de poema.

(Pero en caso que sucediera lo contrario,
sería siempre mejor que lo explicaran otros).

OMBLIGO CIEGO DEL UNIVERSO


EL OMBLIGO CIEGO DEL UNIVERSO

Anotaciones de lectura sobre las Obras (In)-Completas en un solo volumen, de Borges Acevedo Jorge Luís (1899-1986), (Alianza Editorial, Madrid, 1974).


“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

(J. L. Borges, “El Hacedor”, 1960)


1

Con los ojos ardidos de desvelo, agotamiento y garambainas pre-sentimentales peleé por leer las esforzadas gimnasias de trasnoche de Borges. El viene juntando poco a poco sus pedazos de una región mítica. Lo que este mismo Buenos Aires por donde callejeaba pudo haber sido en su infancia. En la infancia mítica de la ciudad, quiero decir. Vemos cómo, desde una inquietud planteada en verso en los primeros dos libros (Fervor de Buenos Aires, 1923; Luna de enfrente, 1925), desde una actitud descriptiva, paisajista local, a la manera de Maurice Utrillo, se va pasando, en el tercer libro (Inquisiciones, 1925) a profundizar en prosa, a aprovecharse de su propia plataforma primeriza, en unos desarrollos anecdóticos o teóricos nutridos por mucha riqueza de subsuelo. Y estas construcciones de dos pisos, Jorge Luís las puebla de gente, de personajes renombrados o anónimos (que a veces es lo mismo). Así, viene cimentando un espeso suelo semántico, y sobre la superficie borda nuevas acrobacias estilísticas, con una soltura magistral en el malabarismo de las connotaciones múltiples que le ofrece nuestro idioma.
2
En el terreno literario, Borges es una comprobación y un hallazgo. Ya explicaremos luego. En cuanto a sus empecinamientos por empantanarse en ciénagas filosofantes, éstos serían merecedores del sumario cadalso que Borges, a su hora, destinara para menospreciar la sal gruesa del caracol dariano. Sentencia de ciego, a quien siempre supondremos, de algún modo fatal, más cerca de la justicia.
Impresiona por demás aquel otro empeño juvenil por urdir la patraña de “la argentinidad”. Mentira sobre mentira, cada vez más perfecta, hasta que resulte infinitamente incontrovertible, aunque nunca llegue a ser verdad completa, sino ficción colectivamente necesaria, conveniente para nuestro engendro, para el Frankenstein de la nacionalidad. Endriago colosal, hijo del subconsciente colectivo y de la retórica patriotera, aunque un tanto trasnochado siempre, respecto al ritmo de los relojes europeos.
3
Borges todavía, 300 páginas leídas. Superamos un escollo farragosísimo, la región más empinadamente erudita, la de más evidentes ambiciones intelectuales (y por eso mismo, a veces, la más fácilmente vulnerable). Nos adentramos por un terreno de referencias filosóficas conocidas. Lo que sería apenas relectura, pero ahora con nuevas perspectivas. Por aquí habría un codo, un viraje radical, un corte conviccional, contenido entre el fárrago de estas últimas deposiciones filosofastras, y los alegatos precedentes. Es decir, notemos una apostasía de la argentinidad lugonesca, evaristocarriegana. Aquí se vuelven evidentes (señores ciegos, que me estáis espiando) varias puntas de secuencia: Una, por la internacionalidad deliberada de los temas, por la escogencia del título de este libro de 1935 (Historia Universal de la Infamia). Dos, por cierto cinematografismo erudito y literario. Quiero decir, que toda esa escenografía louisianense de Lazarus Morell se nos antoja libresca y artificial, paisajes de plástico teñido y de cartón pintado, puro truco escenográfico. Lástima que sea así. Cuando aquel muchacho exhumador de Evaristos, Estanislaos y Macedonios, argentinista, argentinizado y argentinizante convicto, comenzaba a simpatizarnos, él decide renunciar sumariamente a sus anteriores posiciones de principio.
4
¿Qué se proponía Borges con tan empecinado quemar de pestañas contra tanto texto filosófico? ¿Conseguir una simple aunque ardua familiaridad? ¿Dotarse con eruditos tonos doctorales? Honrar la herencia de sus lecturas inglesas infantiles, nos alega usted. Resulta conmovedor que este argentino, sin ninguna pasión por las ejercitaciones musculares, ni por la religión de los estadios y los hipódromos, vaya quedando ciego de tanto leer a Orígenes, a Séneca, y luego el Parménides, la República, la Etica Nicomaquea, los comentarios de Averroes, y encima Leibniz, Condillac, Hume, Berkeley, Nietzsche, Schopenhauer, más todas las traducciones inglesas de Homero y de Las mil y una noches, las fantasías cosmogónicas de Olaf Stapledon, las sagas nórdicas, las antiguas literaturas germánicas; y todavía, por si fuera poco, las obras completas de Thomas de Quincey, Carlyle, Wilde, Chesterton, Johannes Becher, los cuatro tomos de correspondencia de Gustave Flaubert, más Dante, Ariosto, Cervantes, Quevedo, Shakespeare and company, “y otros etcéteras y etcéteras”.
Jorge Luís exhibe estas proezas, estos alardes de vitrina de erudición. Además de enlazarnos con aquel mundo bibliófilo rubendariano, o de Leopoldo Lugones (con su culta señora al lado, como en la epístola de nuestro Rubén). Borges salta al palenque listo y peinado para competir en las exposiciones internacionales, como nuestro campeón en extravagancias de lector maratonista americano. Pero esto es pura vitrina. Otra historia es preguntarse (favas fora) ¿a qué se aplican en concreto esa erudición pantagruélica y esa aparatosa maquinaria conceptual, pergeñadas en tan enconadas lecturas filosóficas? Se destinan al examen, en primer lugar, de sus mismas tripas. Una vez que la argentinidad, como concepto axial, ha culminado en apostasía. O, lo que de repente puede ser lo mismo, a la reflexión sobre (o contra) toda clase de espectros inocuamente universales, en abstracto: el Tiempo, el Mal, la Eternidad, la Muerte, Dios, las Pasiones del Alma. Todo con iniciales mayúsculas, como sucede entre alemanes.
(Todo esto lo pensaste más dormido que despierto, con las convicciones tan revueltas y confusas como los mismos cabellos de tus parietales, con la cabeza giratoria hundida en el légamo soñoliento de la almohada, con la mente empapada por la espuma amniótica de tus sueños recientes. Fueron estas ideas las que te dieron el clarinazo de urgencia, para que te levantaras a escribir, a determinar el saldo y los cocientes de estas primeras 300 páginas de Jorge Luís Borges, consumidas en un mes de lectura).

5
Nuestro personaje ficticio es un belletrista criollo que relee obsesivo y admira con ojo crítico a Jorge Luis Borges, hasta el punto de salir a conversar a la terraza con su fantasma, en las noches de plenilunio, de perseguir policialmente las menudas intrigas de su propio entorno, o de discutir con la sombra espectral del autor de Las Ruinas Circulares, durante largos callejeos al crepúsculo, mientras examina y consigna mudanzas, reticencias, fijaciones características, en el semblante de las barriadas de su propio vecindario.
“Por qué usted, Borges, habría podido ser ciudadano masayés?”
“Por laborioso y por falaz, por golillero, por alegador, y por fachentamente ingenuo al final. Porque acaso mordemos el fruto más logrado de toda su fragua ambigua e híbrida, filosofante y mitómana, cuando (en la página 451 de sus precoces Obras (in)-Completas) repasamos el relato Las Ruinas Circulares. Nos encontramos ahí con una ficción limpia, pulidamente aséptica, despojada del lastre de aquella retórica bibliotecaria, bibliófila y bibliomaníaca, que emborrona el fárrago de sus páginas previas. (No sin la excepción de ligerísimos deslices, estamos de acuerdo). En total, en las páginas precedentes, reunimos un cúmulo de fatigosos ejercicios espirituales, que tampoco parecieron dar más resultado que recamar los pormenores de un oficio que bien podría ser más simple, sin necesidad de apelar a justificaciones extremistas”.
“Su reino, Borges, es apenas un precario interregno, una franja, una filera de playa, asentada en algún punto neutral, ubicado a medio camino entre los grandes piélagos de la literatura y la filosofía. No man’s land. Lo suyo, Borges, no es carne ni es pescado, pero es capaz (en cualquiera de ambos casos) de vendernos gato por liebre. Aunque… ¿no se pierde usted un poco demasiado en ejercitaciones puramente estilísticas? ¿No debería usted haber tenido más cuidado con las desastrosas autopsias que podrían practicar, encima de sus restos literarios, los estudiantes de las facultades filosóficas, maestro?”.
6
Tus reparos, lector sabido, son en cambio estilísticos. Fijate bien. Borges, leído en bloque, en orden, en dosis congestivas, podría resultar menos aburrido que incómodo. Un escritor que en la mayoría de las ocasiones nunca termina de encontrar el hilo literario. Con el agravante de que parece complacerse con dejarse arrastrar inerte hacia falsas disertaciones profesorales, hablando desde el ombligo del centro cosmopolita de un universo enano, que yace al alcance de nuestros bolsillos. Discurso dirigido, por lo tanto, a un público “universal”. Para todo lo cual no se necesita pasaporte, ni reivindicar pertenencia a ningún tiempo, ni clase social, ni familia, ni partido político, ni secta religiosa, ni suelo patrio alguno.

De todas maneras, nacionalidad, familia, religión, partido, todas son puntadas que se dan de sí, inexorables, y que se nos hilvanan espontáneas, por sí mismas.
7
Vigésimo noveno día de esta cuaresma. Lectura madrugadora: Borges todavía. Al llegar a la altura de la página 460 y tantos, la redacción borgiana pareciera haber partido de una de tus más entrañables preocupaciones de escritor. ¿Vos mismo no urdiste alguna vez (que fueron varias veces) unas anécdotas abstrusas que, en medio de su inocencia estilística, habrían sido morfológicamente idénticas? Leés ahora estas páginas borgianas, así entendés y asumís la sensata economía de esfuerzo que significó no concretar aquel acto fallido de tu imaginación.
Borges llega a demostrar una rara virtud, no que cada historia sea idéntica a las que la preceden o suceden, no es ni siquiera que haya un estereotipo, unos garabatos infantiles, arcaicos, dominando el fondo de cualquier redacción adulta. Pero algo de eso se insinúa siempre. Conozco las voces de esa lógica desolada, escondiéndose debajo del fantasma redactor de los más respetables ciudadanos de aquellos sures, de aquellos pagos australes.
Por debajo, entre líneas, insiste una anécdota solapada, simple y testaruda, que subyace sofocada por todos los disfraces superficiales aparentes: la realidad plañidera de un ciego que interroga tercamente al mundo por las razones últimas de su destino. Un ciego que ha debido renunciar al alto cargo hereditario que le habrían legado los Daríos, los Lugones, los Huidobros, los Carriegos, los Groussac, los Macedonios, para hundirse en las tinieblas y penumbras progresivas de su propio laberinto, de su infierno personal, pagadero a plazos. Por tanto: A la mierda la argentinidad. Jódase la argentinidad y jódanse los argentinos. Hablemos, en cambio, del hecho trascendente de la ceguera universal, insistamos en el ombligo ciego donde se concentran todos los significados del Universo. O sea, analicemos las costillas, el bofe, las tripas y otras vísceras de nuestro personal destino.
Se trata pues, en suma, de la misma tesis que defendía el doctor Teofrasto Talavera. A saber: que toda la literatura de este mundo gira empecinada alrededor de dos o tres temas ineludibles. Lo demás es asunto de metonimias.



(Desierto Municipal de Managua, marzo de 1993;
Desolaciones de Tegucigalpa, agosto de 2008).